viernes , diciembre 15 2017
Inicio / Archivo / La canción del mar

La canción del mar

Bajo el mar siempre están las perlitas inocentes, dando vueltas en un vientre de nácar. Las perlas celebran la vida y son entre los peces, las algas y la sal marina una nación. Las perlitas sienten todo menos dolor, su cuerpo es muy duro: no se queman, no se cortan, no conocen los hematomas, la única forma en que pueden herirse es a través de la angustia.

En el origen el mar vivía regido por la luna y las gigantes aletas de las ballenas azules. Las bestias, los peces y los insectos ya existían poblando la tierra, pero hacía falta la belleza de una cosa inalcanzable, por eso fueron creadas las perlas, para recordarles a las bestias marinas que un sol puede ser tan grande como una estrella o tan pequeño como una piedrita y seguir siendo sol.

Un día un grano arena cayó del cielo y flotó delicadamente hasta el interior de una ostra, haciendo nacer la primera perla. Con el tiempo la Perla Madre contó a los peces las historias de los dioses y vio crecer a su pueblo, que en el abisal haciendo hizo brillar ciertas zonas del mundo con el canto intraducible de la luz. Fue por ello que los dioses empezaron a ir por ellas y las perlitas que reposaban tranquilas mientras cantaban, mirando al sol que parecía un destello derretido en el cielo, esperaban ansiosas ser elevadas por sus deidades.

Las perlitas cantan desde que sale el sol. Son las princesas del mar, todo bajo el agua les pertenece, por eso es que en las tardes, mientras observan a los peces desfilar con sus colores, les dicen cantando con su noble voz:

­      ¡Baila pececito, baila!

Los dioses de las perlas aparecen desde el cielo haciendo las cosas que ellas no hacen: se lanzan desde el sol y danzan con los peces, estiran sus brazos y dan giros, después de unos minutos vuelven a la superficie, toman aire y vuelven a sumergirse para seguir mirando las cosas del mar haciendo gala de su belleza. A veces los dioses se llevan a una de ellas y debajo del mar se hace una fiesta en honor a la perla elevada, porque al hacerlo el pueblo nacarado augura bueno tiempos para el reino marino. Para ellas no existe la muerte sino la luz.

­      Con los dioses podrás volar hasta el sol –piensan todas.

Por eso el sueño más preciado de las perlas es que un dios la elija y la lleve al sol, que como hemos dicho antes, parece más un destello derritiéndose en el cielo. Por eso se reúnen las perlitas religiosamente todos los ocasos y en el último rayo de luz que se clava como un delfín sobre la espalda del mar, cantan a sus dioses, que sí sienten dolor y se cortan y se parten. Extrañamente el pueblo nacarado tiene por regentes a estos seres tan dóciles.

Las perlas aman a sus deidades, encuentra felicidad en sus manos y conceden toda su cultura para adorar a los venidos del cielo con sus cuerpos de carne, con sus piernas, con sus ojos brillantes, más brillantes que una perla, porque brillan casi con luz propia.

Un día los dioses bajaron desde el sol y no movían sus piernas, sólo movían las manos; no tenían en la danza, la gracia que acostumbraban y les unía con el cielo una extraña cuerda, nunca se había visto a los dioses así, sin embargo, no se preocuparon por sus amarras porque eran decenas de ellos moviendo sus brazos hasta el fondo del mar, estaban eufóricas. Pero eso no fue todo, al llegar los dioses hasta ellas fueron tomando una por una, las metían en sus bocas y en sacos, las perlas se amontonaban para ser escogidas, rodaban hasta sus manos, al llegar el ocaso se habían llevado cientos de ellas, y las que habían quedado bajo el mar iban a iniciar su canto de agradecimiento cuando de repente un dios volvió al agua, inició su danza hasta lo profundo con el cordón atado en sus piernas, pero ya la luz había abandonado al mar, el dios a ciegas sólo dio con una de ellas y al tomarla se la introdujo en la boca, subió desesperado con un terror entre los ojos que hasta los peces sintieron al rozarle la piel mientras nadaba.

­      ¿Qué pasa? –se preguntaban las perlas confundidas.

Fue entonces cuando cayó nuevamente el dios al agua, esta vez con el cordón en las piernas y en los brazos, y con un líquido rojo que le salía de la garganta, el dios se fue sumergiendo lentamente hasta llegar al fondo, el pueblo entero observaba. Poco a poco, el dios dejó de moverse dejando a las perlas en la oscuridad. Con un rayo se vio desde cielo hasta la arena marina un rastro de sangre que llenó de terror a todas las perlas, al acercarse, notaron que algo lloraba desde dentro de él, y salió de su boca la Perla Elegida. Esto nunca había pasado, se escucharon murmullos que hablaban de una maldición «¡una perla que volvió del sol, no es posible!»

­      Es terrible –dijo la perla elegida.

Y antes de poder decir otras cosas, entre el llanto, se desmayó. La cargaron entonces hasta una cueva donde yacía la Perla Madre, esa perla milenaria que cayó del sol en forma de grano de arena para hacer posible a pueblo nacarado. Al abrir los ojos la Perla Elegida, vio que la perla madre la miraba.

­      ¡Es terrible! –gritó nuevamente, con la voz quebrada.

­      Tranquila –le dijo con dulzura la Perla Madre. Dime, ¿qué pasó?

Explicó la perla que al salir del agua el sol se detenía, se aglomeraba todo en una bola de luz que iba escondiéndose poco a poco tras el otro lado del mar –lo dijo como para darle veracidad a la historia, eso sólo lo podía saber una perla que hubiese estado fuera del mar–. Pero eso no era lo terrible:

­      Los dioses están muriendo, los cortan a pedazos demonios vestidos de metal con instrumentos extraños que sostienen con sus manos. luego nos toman a nosotras y nos miran sonriendo ¡Asesinan a los dioses por nosotras! ¡No debemos salir a cantar, no debemos! Nuestro canto llama a la muerte.

La Perla Madre al escuchar aquello, recomienda esconderse en la mañana, y así lo hicieron todas. Cuando comenzaron a bajar los dioses del cielo no pudieron encontrarlas, fue entonces cuando la primera perla sintió la angustia convirtiéndose en dolor, y mirando los ojos de su dios se quebró de adentro hacia afuera.

Cuando los dioses subieron sin una perla en las manos, cuando fueron a recoger aire o luz, comenzó el cielo a teñirse en rojo, y al final de la tarde miles de perlas se quebraron en el fondo del mar, mientras los cuerpos de sus dioses iban cayendo sin cabezas o sin brazos, a su lado. No se escuchó desde entonces el canto y los dioses tomaron sus lanzas.

DAVID GÓMEZ RODRÍGUEZ

@DAVIDGOMEZ_RP

Deja un Comentario

Tu dirección de email no será publicada. Required fields are marked *

*