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Con los 5 sentidos

crepusculo

Barquisimeto es una especie de pócima que sus lugareños necesitan a diario. Es esa energía que llena el cuerpo de ganas de hacer. Es despertar aún con cantos de gallos, loros y guacharacas, recibir el día con un café y la emisora local dando noticias, salir a la calle con buen clima, recorrer el camino cruzado de saludos, trabajar, estudiar y tener tiempo para compartir otro café entre amigos.

Es santiguarse frente a las iglesias, lanzar insultos a algún impertinente y en la ruta a casa tomar al viaje como quien anda en teleférico y empapa las pupilas con el paisaje que nos regala el valle del Turbio, el lejano Obelisco, las siluetas del Museo, el Cuartel Jacinto Lara, los caprichos arquitectónicos de los templos, el monumento Manto de María que se ve desde todas partes y el saludo agradecido de viejitos mordiendo la soledad.

Es retornar a casa cumplida la jornada dando gracias a Dios, mirar al cielo sin dejar de encantarse por los crepúsculos cotidianos, pedir la bendición a los padres y dar un beso en la frente a los hijos.  Son fines de semana en familia con sancocho y cocuy, partidas de dominó y alegrías compartidas. Cuando alguien muere, es el difunto de todos, de los consanguíneos, de los vecinos, de los compañeros de trabajo y así… las funerarias se llenan de gente que amén de llorar, termina contando chistes y disfrutando el reencuentro.

La ciudad acaricia y apurruña, sorbe y muerde, susurra y aturde, aspira e impregna, contempla y encandila, es una más de nosotros y todos a la vez, embriaga y resucita, se percibe con los cinco y con el sexto sentido:

Se oye:

A la capital musical de Venezuela se le asocia con la cadencia al hablar, con los dichos de viejos como Tarlicio Herrera en su bodega La Estrella de Barrio Nuevo: “Ah malaya una buchá”, con el tamunangue, lo alegre de la agrupación “Carota, Ñema y Tajá”, el violín de Pablo Canela, lo criollo estilizado de Gustavo Dudamel rompiendo la ortodoxia orquestal en el mundo, definitivamente con música; aunque hay románticos que se detienen en las tardes a percibir sonidos como el croar de ranas y el cantar de grillos.

Iván Canela, el octavo de los trece hijos del autor de “El gavilán tocuyano”, Pablo Canela, testimonia: “Mi papá pisó para dejar una huella, que hemos tratado de seguir. Siempre estamos haciendo música, fabricando instrumentos. Tengo un grupo llamado Guaritoto, inspirado en el repertorio popular venezolano y larense, hay valses, joropo y un gavilán… Es como una orquestita de cámara, conformada por un cello, un contrabajo una mandolina, y como curiosidad unas maracas. ¡Ah mundooooo!

Se toca:

Nuestros saludos son muy efusivos, abrazos fuertes, un beso en la mejilla tropezando lentes si es necesario, un apretón de manos, un “chócala” si algo sale bien, una palmada en el hombro en momentos grises.

El sociólogo Nelson Freitez nos habla desde su percepción, afirma que no son resultados de algún estudio científico, pero es claro que nuestra forma de comunicarnos siempre es muy afectuosa, usamos apodos como expresión cariñosa, llamamos a las personas por el color de su piel y en general, nos relacionamos en clave hogareña, creando espacios sociales funcionales:  el compadre que presta dinero en un aprieto, la tía soltera que cuida a los niños, los abuelos o la madre que aglutinan a todos.

Se saborea:

La capital larense es suculenta y quien lleva el tipo de sangre BQTO añora el semeruco, que es el árbol emblemático y en la niñez de nuestros padres crecía abundante con rojas cerezas que chispeaban en la lengua. Por esa sensación, Hermann Garmendia se negó a aceptar ser embajador de Venezuela en Madrid. La respuesta del cronista fue: “Es que allá no hay semerucos”, testimonia su sobrino, Omar Garmendia.

Esta patria chiquita sabe a inefables migas de suero con aguacate, a caraotas con pasta, a arepas calientes invadiendo la casa con su olor tentador, a mondongo de chivo y a panes dulces. ¡Na’ guará!

Se huele:

Aquí lo cotidiano es extraordinario y así los amaneceres están impregnados del olor a la tierra humedecida bajo la caricia del rocío o la lluvia caprichosa, que no sabe de estaciones. El lugar de los guaros huele a las hierbas de El Manteco, al dulzor del trigo amalgamado con azúcar y anís dulce en hornos artesanales, a cacerolas donde se aprietan coloridos aliños en aceite onotado, a smog en el centro y a campo en la periferia, a arcilla fresca, a alientos con cocuy,

Se ve:

Como cuando un niño derrama su frasco de témpera naranja sobre la hoja, así se tiñe el cielo barquisimetano, terminando en explosivos motivos de realismo mágico: crepúsculos que la gente plasma en sus fotografías, sube a las redes sociales o se queda mirando hasta empapar las retinas de esos colores que han inspirado –y todavía- a tantos artistas plásticos.

 

Barquisimeto desde:

El oído: Pronunciar Barquisimeto BArquIsImEtO (Nota para el diseñador: colocar en mayúsculas las vocales de BArquIsImEtO) ya suena a música, pues ese nombre está ligado a las vocales, las cuales acentuamos al hablar. De allí el “cAm-bUr pIn-tÓn”, afirma Iván Canela.

El tacto: Los venezolanos en general y los barquisimetanos en particular somos muy “tocones”. Cuando hablamos, nos aproximamos al otro y enfatizamos lo que decimos con las manos.

El gusto: Carlos Leal afirma que somos agridulces como el semeruco, la fruta emblemática: aguantamos bromas, pero sin dejar que nos falten el respeto; somos recios como los falconianos que tenemos a un lado del mapa y nobles como los andinos que se nos avecinan del otro lado.

El olfato: El guaro respira hondo para oler cuanto lo rodea, huele todo lo que va a comprar, sea una prenda de vestir, un pan o un aguacate, la nariz es quizá uno de sus órganos más sensibles, indica la observación del entorno.

La vista: Nuestro cielo debe ser tímido y enamorado del ocaso, pues se sonroja cada tarde; y los lugareños no dejan de mirarlo como si fuese la primera vez. Aquí la gente anda como hipnotizada mirando como ausente su ciudad que tiene casas viejas como canas, grandes edificios como músculos adultos y plazas que como niños invitan siempre a hacer un alto y recrearse.

Emma Alfonzo

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