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Cuéntame a Barquisimeto

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En la Refresquería Café El Manteco, esquina de la carrera 22 con calle 31, un rincón del ayer donde la oferta es tan singular que el cliente puede optar por una taza de avena, caraotas, quinchonchos o arvejas; huevos sancochados o una ración de plátanos; más allá de un pastel o una empanada; Gladys de Hong y su hija Sing Mei Chang nos atienden y conversan extrovertidas como no lo hemos visto en otro asiático en décadas de camino.

“Nosotros no somos chinos-chinos, sino por papá, un inmigrante que entró por Punto Fijo, compró este lugar y se casó con una quiboreña. Exactamente en este sitio había un establo. Detrás, donde está la Catedral, quedaba el ferrocarril. La gente llegaba con su mercancía y aquí amarraba los burros, colgaba su hamaca y pasaba la noche; era como un hotel del siglo pasado. Los comerciantes llevaban sus productos al mercado ubicado donde hoy es el Edificio Nacional, después hicieron uno aquí, como el Bella Vista, que luego eliminaron en los ‘60.

Barquisimeto era desde la Catedral hasta la 42, con calles de tierra, lo demás era terreno baldío. En los alrededores había muchas prostitutas y caleteros quienes, laboriosos y cansados, como esparcimiento se metían en los bares, el último de esos sitios fue el Endrina. Nos adaptamos a ese mundo que traía prosperidad al negocio. A esta hora había tanta gente, que yo no hubiese podido atenderte. Por allí colocaban carruchas improvisadas para venta de verduras, había una yerbatería, una talabartería y un restaurant llamado Las Tres B, donde preparaban comida del campo que gustaban tanto. Esto era seguro, tranquilo, los camioneros colgaban sus hamacas y dormían. Nosotros abríamos a las 4:00 de la mañana y cerrábamos a las 9:00 de la noche”.

 

Las 100 puertas

Omar Garmendia es responsable del sitio en Facebook “Barquisimeto de ayer y de hoy”, es literato, lingüista, investigador y sobrino de Hermann y Salvador Garmendia, cronista oficial uno y escritor el otro. Si existieran los libros orales, él tendría uno gordísimo del cual tomamos retratos del ayer.

“Vivimos un Barquisimeto que desapareció, la avenida 20 cuando era angosta, casas de tradición colonial, el mercado municipal llamado de los 100 arcos o las 100 puertas, aunque no tenía tantas, si acaso 52. Vimos construir una nueva ciudad: el Edificio Nacional significó un estado de modernidad, la biblioteca pública Pío Tamayo, el cine Arenas –ubicado en la carrera 18 entre calles 26 y 27- donde se hacían espectáculos de toro y boxeo, como también mítines políticos.

Cuando era un muchacho iba con mi tío Hermann a elevar papagayo por los lados del aeropuerto o Zamuro Vano, que es donde estaba el cine auto, hacia las laderas del Turbio, allí se producía un encuentro de corrientes de aire y el papagayo podía volar de un lado y de otro, esos llamados vientos insufribles fueron los que provocaron la tercera mudanza de la ciudad. En ese punto está edificada la réplica de El Partenón.  En ese entonces, todo el mundo se conocía, todos éramos familia o compadres. Se podía andar de noche en la calle  e íbamos de una fiesta a otra hasta el amanecer y siempre conseguíamos en ellas a las mismas personas”.

El primer ascensor

que se conoció en Barquisimeto fue el del hotel Lara, edificado en la carrera 18 con calle 25, que marcó un trazo entre el pasado y la modernidad. El 22 de marzo de 2009 fue implosionado porque la estructura estaba “enferma”. En su lugar queda la plaza El Encuentro.

Chapuzón en Macuto

Jhonny Carrasco tiene una barbería a la antigua en la Casa de Eustoquio Gómez, donde muestra su colección de objetos del pasado, toca y canta con su agrupación y reúne a sus amigos del ayer quienes esperan turno para afeitarse y acceden a contarnos la ciudad en sepia. Las voces de Lombardo Castillo, Rafael Escalona y Gerardo Alcalá, se entrelazan con la de Carrasco al compartir recuerdos: Eran unos años muy bonitos… Las retretas de la plaza Lara, la escuela donde pasábamos todo el día porque estudiábamos los dos turnos, los juegos de perinolas, metras, papagayos, las películas del cine mexicano que proyectaban en el barrio, las patinadas por la avenida Lara donde también se paseaba en carritos Ymca.

El bosque Macuto era el sitio de diversión donde estaba la piscina. Atravesábamos por la calle 22, 23 o 24, nos dejaban ir solos, Barquisimeto era muy sano. El bowling o Pin Lara quedaba en la Morán, la avenida Venezuela llegaba hasta la Vargas, de ahí en adelante era caserío, los papás eran comerciantes informales, había vendedores casa por casa que cobraban los sábados.

En nuestra época ya dejaban salir a las muchachas sin chaperonas. Los cines eran Ayacucho, Bolívar, Rialto, Bella Vista, Venezuela, Concordia y Florida.  Pedro Infante vino a Barquisimeto, cobraron 5 bolívares. Se hacía el Festival de la Voz de Oro, que consagró a muchos artistas y de haberse mantenido sería internacional. Existía el Palacio Radial, de los hermanos Segura, se oían canciones como “Luna de miel” y “Catira Rosangelina” en la voz del cantante zuliano Mario Suárez, quien todavía está vivo. Escuchábamos radionovelas: “El derecho de nacer”,  “Albertico Limonta” y “Tamacún, el vengador errante”.

Un real

costaba la entrada al cine. Las películas favoritas eran las vaqueras, que enseñaban a los hombres a ser guapos, a pelear y a enamorar mujeres. Antes de comenzar el filme, proyectaban series como “El gordo y el flaco” también llamada “Abbott y Costello”.

Emma Alfonzo

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