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ALZADOS EN ALMAS: Pensar en paz

 

 

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Como la gran mayoría de los latinoamericanos, el resultado del plebiscito en Colombia me desconcertó por varias razones. La victoria del No frente al Sí era un desenlace que ni siquiera el voto opositor se esperaba. El desarrollo del evento arroja unos datos estadísticos que requieren ser pensados a profundidad pues resultan, así a priori, aún más preocupantes que el relativo valor de la pírrica victoria. Algunos datos estadísticos, por ejemplo, muestran los singulares relieves (geográficos, sociales, psicológicos y políticos) de un país donde la guerra llegó a naturalizarse y la política degeneró hasta vaciarse de sentido. Después de la tristeza nos invaden las preguntas para el análisis, tanto del resultado como de las fuerzas que la signaron: el comportamiento del voto y sobre todo, el significado de las expresiones que terminaron haciendo la diferencia. Hagamos algunas reflexiones sobre lo que quiere decir el No, el Sí y el gran ganador: la abstención.

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Esta elección no es comparable a otra que haya vivido Colombia puesto que el resultado a favor de la paz no sólo iba a poner fin a un período de violencia naturalizada que, estoy seguro de ello, cuenta con el rechazo de la mayoría del pueblo; sino que podría inaugurar también un nuevo tiempo para la política lo cuál supone una inscripción en cambios progresivos que han estado secuestrados por más de medio siglo de guerra. El Sí ponía fin al conflicto armado pero el devenir político sería lo que resolvería definitivamente las causas que lo originaron: la desigualdad y la injusticia social. Es obvio que toda la propaganda que apostó contra el Tratado de Paz se propuso frustrar cualquier destello hacia el futuro de una transformación democrática en Colombia. La cultura del miedo en un país que se ha adaptado al horror presente encuentra su mejor aliado en la demonización del porvenir a través de la reanimación del rencor. “Las cosas pueden ser peores” fue el mensaje que movilizó hostilidades, odios y pánicos colectivos. A quien no convenció, confundió. Por su lado al Sí le faltó contenido y pedagogía política. No era simplemente avalar un acuerdo puntual entre el gobierno de Santos y las FARC, como se terminó entendiendo a conveniencia de los guerreristas; lo sustantivo del fin del conflicto armado no logró mostrarse, es decir, el efecto sobre lo real que iba a tener esa paz en las soluciones al malestar social: la salud, la educación, el trabajo.

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Sobre la abstención, aquella que no consecuencia del huracán o de otro fenómeno; hay que decir que no es neutra. No sólo porque terminó decidiendo el plebiscito sino porque allí hay una voz. El negativismo suele ser más fuerte precisamente por ser irracional, y por ello había que incorporar a los movimientos sociales tanto en las mesas de diálogo como en la campaña para que la participación derrotase en el propio terreno al miedo y al escepticismo. El abstencionismo podría entenderse superficialmente como signo de apatía, indolencia (el mapa urbano se impuso al rural, la expresión del sujeto que no vive la violencia pudo más, etc.) pero podríamos estar olvidando otra cara del abstencionismo y es aquélla que desde hace décadas dice No a las instituciones corroídas y desgastadas por la oligarquía. Algún porcentaje de ese universo hoy entenderá que esto iba más allá. Lo cierto es que ni las FARC ni el gobierno se dan por vencido en la lucha común por el cese del conflicto armado y esto demuestra que, después de todo, la política ha ganado terreno. Son 52 años de guerra, la más longeva de la historia. Si ésta ha sido terca y consecuente con su voracidad, ¿por qué la paz iba a rendirse en la primera batalla verdadera?

FREDDY ÑÁÑEZ

torredetimon@gmail.com/ @luchaalmada

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