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PLANETA BQTO: Yi y la marchante

 

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A la resistencia indígena, a Ramón Querales y a Carlos Gómez

Todo es un espiral, un bucle retroactivo, las cosas como los bailes dan giros a un ritmo sagrado. Dos pasos adelante y uno atrás y fuu fuu – fuu fuu suenan las Turas con toda su historia a cuestas. Zhezma y Kakvi dicen que el río es el único que sabe el secreto de los caminos ¡padre río! como Yi ¡esa bella luna Ayaman!

Los salvajes lo comparten todo con la vida y en su verbo anda una verdad que no podrán esconder los filósofos de la modernidad, ni Kant, ni Rousseau, ni Smit, incluso el propio Marx tendrá mucho que explicar frente a estas palabras:

Los pemones de la Gran Sabana

llaman al rocío Chirïke-yeetakuú

que significa Saliva de las Estrellas;

A las lágrimas Enú-parupué

que quiere decir Guarapo de los Ojos,

y al corazón Yewán-enapué:

Semilla del Vientre.

Los waraos del Delta del Orinoco dicen Mejokoji

(El Sol del Pecho) para nombrar el Alma.

Para decir amigo dicen Ma-jokaraisa: Mi otro corazón.

Y para decir olvidar, dicen: Emonikitane,

que quiere decir Perdonar.

Los muy tontos no saben lo que dicen

Para decir Tierra dicen Madre

Para decir Madre dicen Ternura

Para decir Ternura dicen Entrega

Tienen tal confusión de sentimientos

que con toda razón

las buenas gentes que somos

les llamamos salvajes.

(Poema Sobre salvajes, Gustavo Pereira)

Zhezm y Kakvi cazan imitando a Iskas, pues él se interna en la selva por semanas y vuelve adornado de plumas de guacamaya, con grandes animales en su hombro izquierdo. Ellos todo lo podían con sus manos después de bendecir la vida, se sustentaron por más de cinco mil años, mucho más que la autogestión yugoslava. Lo repartía todo entre el pueblo, pero el socialismo no existía para entonces, solo existía Yi que iluminaba las noches.

Al amanecer las mujeres iban al conuco en busca de la cosecha: todo su mundo era un gran árbol de muchos frutos. Se dedicaban a ser hermanos, en fin, se amaban y los medios de producción no eran un problema, pues las cosas no les pertenecían, más ellos sí se sentían del otro: un corazón eran todos los corazones, porque la justicia reposa en el sentir del todo. Por las tardes tejían cestas de colores, fabricaban con la tierra pequeñas vasijas, cantaban bebiendo cocuy, comían yuca y le robaban algún secreto al maíz o a los ancianos, como si cada arruga fuese un surco en la tierra.

Pero entonces llegó el silencio de las cruces y la muerte, aparecieron hombres heridos con miedo en los ojos, delirando con demonios de filosos brazos, sin piedad. Todos hablaban de la muerte entre las sombras y los ancianos miraban el horizonte con más profundidad, como si quisieran ver a través de las montañas los siglos de tortura, las maquinas, la triste repartición del mundo en un mercado, la lucha de clases y al Tirano Aguirre y a Rambo y a Obama y a la Monsanto. Mientras tanto Zhezma y Kakvi hablaban de luchar, pero miraban el horizonte con temor.

Una noche llegó de la profundidad de la selva, una mujer de ojos dorados, a la que le corría el rocío y la luz de Yi por el cuello. Kakvi en un suspiro habló desde el espíritu: Ella podría ser hermana de las estrellas y princesa de todos los brillos –dijo– ¡He de amarla por siempre desde este instante!

Su nombre era Yia aunque los pueblos del sur le decían La Marchante. Lo cierto era que mientras Yia pensaba en la furia de los demonios, en el mal del norte, en marchar y luchar… Kakvi, como un tonto, buscaba flores para ella. Zhezma también sintió aquel amor, pero él se pintó los brazos y el rostro y se sumó a la marcha sin decir una palabra. Al Kakvi llegar del bosque ya se habían ido, lloró e hizo otro río bajo sus pies, lo llamaron el Turbio. Amar es luchar, pensaba Yia, por lo que Kakvi tomó sus armas y dirigió su paso hacia las montañas, que desde hace un tiempo, todos veían como la muerte, unos intentaron detenerlo, pero nadie detiene a un hombre en esas condiciones. Nunca más se supo de ellos. Nunca se supo si se encontraron y abrazaron. Nunca se escribieron sus nombres. Es algo de lo que no se habla en History Channel, tampoco se habla de Carlos Mariátegui.

Sin embargo, yo sé su historia, soy el viento: el último suspiro de Guaicaipuro… escolté cada una de sus flechas, corrí con Kakvi, con Zhezma, con Iskas, saboreé cada lágrima de Yia, que al final hizo de las montañas un fuerte, donde guardó cada una de flores que el amor le trajo, las lanzas que ensangrentadas afiló y los dolores; donde encontró infinitos ríos para su desnudez; donde cantó: ¡Caa-cy, Caa-cy, Caa-cy!

Yia nunca murió, todavía está preñada de un guerrero –no importa su nombre– pero va a parir un pueblo al que no le importará Kant, o Rousseau, o Smith y el propio Marx tendrá que negociar sus categorías. Veremos a Tupac Amaru hablando del plusvalor y dando determinaciones sobre la propiedad y los bolivianos harán quebrar a McDonal mil veces más sin la asesoría de Stalin. No veremos otra vez cómo envenenan los ríos, cómo gozan con las bombas, como cortan cabezas de niños y mujeres y de aves inocentes. Caapora enredará su cuerpo entre conceptos y edificios y encendiendo sus escamas y sus plumas hará arder con la fuerza del Pachacuti las instalaciones de Wall Street. Michael Moore y Steven Spielberg lo grabaran todo y Donald Trump llorará viendo como corren los periodistas de CNN mientras gritan como locos: ¡Son los salvajes! ¡Son los salvajes! Y Putin del otro lado del mundo reirá a carcajadas dándole gracias al mar. Del orden pasado solo dejaran la democracia, pero incluso América tendrá otro nombre. Todo por La Marchante que fue haciendo asambleas en todo el continente ¡bendita mujer guerrera, nuestra y sabia!

David Gómez Rodríguez

@davidgomez_rp

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