lunes , septiembre 16 2019
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PLANETA BARQUISIMETO: La güeca

 

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“A nadie le puede extrañar entonces que apenas haya reunido la edad

y el dinero suficientes este sujeto se traslade al campo,

 busque una región de colinas agradables y pueblecitos inocentes

y se compre un metro cuadrado de tierra

para estar lo que se dice en su casa”

Julio Cortazar  

 

Resulta que lanzaba esa bolita de vidrio y mientras más cerca estaba de la gueca más posibilidades tenían de ganarme el cielo en dos ruchadas. Mientras tanto el precio en el West Texas bajaba diez por ciento y se cotizaba en 48,78 dólares el barril: una harina en dos mil bolos. ¡Y nosotros jugando como si nada!

Cuando la metra iba en el aire el patio parecía un hipódromo, al caer sonaba un golpe de boxeo directo a la quijada, al chocar con las otras metras todos cerrábamos los ojos como si se tratara de un accidente en la Fórmula 1 y al detenerse abríamos los ojos con los dientes apretados. Lo recuerdo, las metras rebotaban sobre la tierra, rodaban con delicadeza y se detenían como cuando se detiene un tren, con todo el peso de su historia, arrastrando en sus estelas la sombra del carbón y el trabajo de los hombres. No sabemos de dónde vienen, pero las metras se compran en la misma bodega en la que venden caraotas y querosén.

–          ¡Anda chico! ¡Pues! Haz la gueca

–          ¿Y por qué yo? – decía el tripón rezongando.

Se pensaba en la güeca como en un trabajo sucio, como quien habla de la basura en la ciudad; por eso eran los que perdían los que debía arrodillarse en la tierra para abrirla con una chapita cualquiera, además debían limpiar el terreno, liberarlo de colillas de cigarro, piedras grandes y botellas de cerveza.

Mamá nos llevó a Pedro y a mí a ver el campo, semanas después sería lo único que veríamos. Nos mudamos a la nada y nos quedamos jugando con unos soldaditos de plástico que nos trajimos y unos con papagayos de bolsa negra. Vivíamos de un mercadito que nos llevaban y de la pensión de mamá, y decía “Con esto aguantamos y hacemos fiesta y sancocho”.

La vieja era maestra y nos daba clases junto a unos campesinos. Nos mandaba de tarea mucha lectura y multiplicación. Todos los días nos levantábamos, tomábamos los libros de mamá, regábamos el conuco y mirábamos desde el porche cómo caía la tarde recordando aquellos tiempos en los que nos sentíamos ricos con un montón de vidrio.

–          Mamá ¿Por qué nos mudamos aquí? –le preguntaba siempre.

–          Porque el vidrio no se come –respondía molesta. Y porque aquí si siembras estrellas, nacen estrellas –remataba cambiando el tono.

Le agarramos cariño a los libros, a mí, como a mamá, me gustaban los cuentos de Julio Garmendia y los ensayos de Simón Rodríguez, a Pedro en cambio le encantaban las novelas de Milan Kundera y esos libros que te ayudan a ser millonario en 3 días.

Cuando mamá murió se quedó con los ojos abiertos mirando desde el porche el terruño grande que nos dejaba, todavía eran las 4:25pm y el sol le pegaba en la cara, parecía que seguía sudando. Nosotros no lloramos, nos quedamos mirándola por un rato con unos libros en la mano y no le cerramos los ojos porque parecían dos metras burronas brillantes. Es extraño, porque a pesar de todo la vimos como sonriendo.

Sentados a un lado de la mecedora, mirándola, nos pusimos a hablar y recordamos por ejemplo que con el primero con el que jugamos metras en toditica nuestra vida fue con papá, que nunca logramos ganarle, que siempre nos ruchaba, que nos hacia abrir la gueca día tras día como si fuese una penitencia, pero un día se fue. Luego, sin llorar, buscamos entre los cachivaches hasta encontrar un frasquito de compota lleno de metras de todos los colores, de las chinas, otras transparentes con una línea de color azul, verde y mis favoritas, las rojas. Hay cosas en la casa que parecen tesoros: martillos, manzanas de cristal, fotografías viejas de escritores, un periódico donde salimos protestando por el agua junto a mamá, el titular era: ¿Dónde está la gotica de petróleo? y salíamos nosotros en chorcitos y sobre unos tobos.

Pedro y yo nos fuimos caminando al frente de la casa sin mover a mamá. Él tenía las metras en la mano y yo una chapa inmensa, casi del tamaño de un caucho de tractor, para abrir la gueca. Al mirar atrás los ojos de mamá seguían abiertos y le chorreaban un color fucsia que subía al cielo en forma de llovizna. Agarré la chapa con ambos brazos y Pedro la empujo para que girara sobre la tierra como un taladro lento ¡imagínense nuestro rostro! primero salieron pájaros, después trece corales que se arrastraron hasta la casa y luego un rugido que me hizo recordar aquel tren al detenerse. Pedro corrió y lanzó la metra desde lejos… cayó, rodó y antes de detenerse la tierra produjo una erupción que nos bañó de un líquido negro. Yo pensaba en mi mamá que lloraba a lo lejos y Pedro mirando al cielo fucsia y negro gritaba ¡seremos millonarios en tres días!

Yo tomé las metras y me las metí en el bolsillo, Pedro busco unos tobos para llenarlos de petróleo. A las pocas semanas, a pesar de los pájaros y del velorio de mamá, Pedro tenía un contrato de explotación con una compañía americana y yo me quedé con la propiedad de la tierra cuidando el conuco. Se compro un apartamento lleno de espejos y no dio retruque, no lo vi más.

Un día caluroso el taladro se paró y los chivos quedaron sorprendidos con el silencio. “Se acabó el chorrerón” dijeron los periódicos. Sin embargo, mis matas estaban frondosas e iluminadas. Todos los días a las 4:25pm sembraba mangos, duendes, caraotas, tornillos, caramelos, maíz criollo y miles de metras rojas, como si mamá siguiera mirando desde el porche destilando colores por los ojos.

El día que Pedro volvió a casa, porque el vidrio no se come, le abrí la puerta con una chícora en las manos y le dije mirando el horizonte “te toca hacer la gueca”.

Por David Gómez Rodríguez

@davidgomez_rp

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