domingo , septiembre 22 2019
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15 Y ÚLTIMO: Aumento salarial, ¿me alegro o asusto?

 

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Una anécdota del General Perón, el presidente argentino, resume bastante bien la paradoja –por no decir hipocresía- que suele encerrar la discusión sobre la conveniencia o no de los aumentos salariales.

Contaba Perón que un día reunido con empresarios, uno se le acercó y manifestó su preocupación sobre los aumentos decretados por su gobierno y los beneficios adicionales que estaban recibiendo los trabajadores, como por ejemplo el entonces llamado “sábado inglés”, que no era más que el descanso obligatorio de fin de semana. Y cerrando el comentario el empresario le dijo: “es que Presidente, el problema es que los trabajadores siempre quieren ganar más”.

A lo que Perón, haciendo uso de su conocida urbanidad ripostó: “¿y es que ustedes los empresarios no?”.

La anécdota bien la cuento a razón del más reciente aumento salarial dictado este pasado 27 de octubre, en las vísperas del fracasado “paro” convocado por la MUD. Se trata del cuarto en un año y el segundo en poco más de dos meses. En principio, una buena noticia para las grandes mayorías asalariadas ahogadas por la especulación, pero que inmediatamente se transforma en una angustia dados los vaticinios apocalípticos sobre su incidencia inflacionaria.

El caso es que si eso fuese cierto habría que preguntarse por qué lo contrario. Es decir, debería ser verdad entonces que para que bajen los precios habría entonces que recortar los salarios, lo cual desde luego es absurdo. Pero más allá de esto, hay que tener presentes que  cada vez que se dice que los aumentos salariales son causantes de inflación, se olvidan dos cosas.

La primera que, por lo general los mismos suelen darse para reponer la caída del poder adquisitivo afectada por aumento de precios previos. Y la segunda, que en sentido contable estricto, los aumentos de sueldo generan en lo inmediato incrementos de costos, pero no de precios. En la medida en que solo de modo muy extraordinario un aumento de sueldo puede hacer incurrir en pérdidas, entre ambos momentos lo que media es la decisión empresarial de trasladar dicho aumento de costos a los precios finales para mantener su margen de ganancia.

En este sentido, lo que hace el empresario es exactamente lo mismo que el trabajador reclama para sí y que el General Perón sacaba en cara al empresario de la anécdota que citamos: incrementar su ingreso nominal para mantenerlo en términos reales, es decir, para mantener su poder adquisitivo. ¿Por qué entonces en un caso es “bueno” y entendible y en el otro “malo” y condenable? Todos los que demonizan los aumentos salariales –incluyendo no pocos de izquierda– invisibilizan la asimetría de poder que permite hacer eso, al tiempo que toman partido en contra del débil jurídico y económico, que son el trabajador y la trabajadora. Pero paradójicamente también termina resultando que tomar partido contra ellos es un bumerang que acaba por socavar la existencia de una demanda efectiva y dinámica, nada menos que la condición de posibilidad de cualquier actividad económica. Y es que hasta nuevo aviso –tal y como planteó nada menos que Henry Ford- la condición de posibilidad de una economía con mercados dinámicos es que haya poder adquisitivo en las calles, y siendo que la gran mayoría de la gente es asalariada, eso entonces debe traducirse en buenos salarios.

Nada de esto significa desde luego que el aumento de por sí sea suficiente o bueno. Está claro que debe acompañarse de medidas complementarias. Pero de lo que no deben caber dudas es que de salarios justos –que son derecho constitucional- dependen no solo los trabajadores, sino también los empresarios y comerciantes, aunque evidentemente no se dan cuenta.

www.15yultimo.com

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