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JOSÉ ROBERTO DUQUE: LAS DULCES DERROTAS

JOSÉ ROBERTO DUQUE: LAS DULCES DERROTAS

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Es imposible huir de los pueblos de la niñez, por mucho que uno se gane o intente ganarse la fama de bicho Itinerante y nómada. “Cardón andariego” podrá ser entonces muy andariego, pero el cardón que es uno está ahí, acompañando o existiendo en cada paso. Los cardones marcaron el paisaje de nuestra niñez caroreña y por eso habitan estos territorios mentales ineludibles: uno siente que puede lograr ser de todas partes o de ninguna, pero la memoria corporal y síquica más remota nos recuerda que somos guaros.

Una columna en un cuaderno larense como este, escrita desde afuera solo puede entenderse como el intento de reportarle a mi estado de origen qué cosas he hecho con la errancia, la vagabundez y el desarraigo. “Informe de gestión” se llama eso en el horrendo lenguaje de los burócratas, pero ha sido la primera expresión que me ha venido a la mente cuando he tratado de decirles a los lectores algo como “Epa, coterráneos del coño: esto es lo que he hecho con la laridad, larinidad o caroreñidad, todos estos años que he vivido afuera”. Trataré entonces de ir dejando semanalmente por aquí un registro de lo hecho en clave larense, y de qué forma se me han aparecido las huellas de Lara por las carreteras del país desde el extraño día en que me largué, adolescente y, fuera de la casa paterna.

***

En aquella niñez del semidesierto me apliqué desde temprano a rituales que me sirvieron para hacer músculo en eso de caminar sin rumbo, pero también a otros que fueron galvanizando el largo cordón umbilical con los emblemas, unos más nobles que otros, de eso que pudiéramos llamar “personalidad” larense. Los íconos culturales genuinos y los otros, los comerciales, impuestos y más o menos perversos, como por ejemplo la extraña atracción que sigue ejerciendo en uno el equipo Cardenales de Lara. El que es cardenalero sabe qué significa la decepción y se hace experto en la materia.

El Cardenales me significó por mucho tiempo una especie de gimnasio donde construir la coraza contra el guayabo de las derrotas. Soy particularmente resistente a los despechos amorosos, y sé que eso tiene que ver con el haberme familiarizado desde muy chamo con el ceremonial del enamoramiento y el estrellamiento. Pasé veintitantos años llevando coñazos anímicos y saboreando el amargo del “Cuando estaba a punto, me dijeron que no”: ir ganando por 5 carreras en el noveno inning y terminar perdiendo es lo mismo que tener a la muchacha a las puertas del hotel, y que de pronto ésta atienda el teléfono y te informe: “Me tengo que ir”. En ambos casos la voz de Alfonso Saer suena insoportable cuando anuncia “¡yyy se terminó el juego!”.

Cardenales tuvo varios equipos de lujo, fue una cantera de héroes nativos e importados de la que rescato los nombres de Tobías Hernández, Fred Manrique, William Ereú; más tarde vinieron Luis Sojo y un gringo que metía unos jonrones insólitos, llamado Cecil Fielder. Héroes e ídolos de mi juventud, se me venían abajo en cambote cada vez que CASI ganaron el campeonato, y perdieron en el juego decisivo.

Fui cardenalero a morir durante todo ese largo período de derrotas dolorosas. Hasta que vino el año 91 y el equipo logró su primer campeonato (recuerdo ese tercer out en las manos de Sojo), y ocurrió algo, un quiebre definitivo. La noche de esa coronación estaba en Caracas, rodeado de caraquistas, así que mi celebración fue más rara que estúpida: yo eufórico y mis panas mirándome con una especie de lástima, “¿Qué le pasa a este pendejo?”. Sucedió que ya más nunca, a partir de entonces, me interesó el beisbol con el mismo obsesivo fanatismo. Dejé de interesarme en el roster y en los resultados de cada día. Hoy recibo noticias fragmentarias de cómo va el equipo, a través de twitter. “Bravos 4 – Cardenales 2”. Tres horas de Alfonso Saer reducidas a menos de 140 caracteres inexpresivos. Parece que perder o tenerla difícil era lo que le ponía sabor a aquella afición de la juventud; una vez que llegó el éxito ya no fue lo mismo. La muchacha de la puerta del hotel entró sin resistencia, varias veces, y yo me permití el lujo de hacerme más comprensivo, tolerante y hasta un poco adulto.

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