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Bajo el cielo azul: la historia de un hombre en llamas

El cielo estaba azul. Uno piensa en días como éstos en ir al parque a jugar pelota con los niños y olvidarse del peso de los días, de las colas, de la ilusión mal parida que vienen incubándonos desde que salió el primer chorro de petróleo de la tierra. Espejitos. La gente piensa en la economía y mira el cielo, como si Dios se hubiese graduado en la UCV o como si los empresarios fuesen santos. Sin embargo, más allá del salario mínimo, provoca mirar hacia arriba cuando el cielo esta así de azul, pues parece que en la tierra no existiesen las cosas inflamables.

En todo caso, con un cielo como éste provoca atornillarse unas alas en los brazos y salir a dar vueltas sobre la plaza Altamira, como una guacamaya azul. En fin, confundirse con la brisa mientras la gente del país observa un obelisco en contraluz, unas aves a lo lejos y un cielo despejado hasta los confines del universo, donde podría sembrarse trigo o mango. ¡Pero no! las cosas no se resuelven así, yo quiero los anaqueles llenos de productos por comprar, quiero un país que con cielo o sin cielo deje pasar los dólares de mano en mano para que todos podamos sentir la libertad, yo quiero ver esa estatua alargando su antorcha hasta el centro de Caracas y que Miraflores abra sus portones a la democracia que siempre tuvimos.

Recuerdo que en la mañana la gente comenzaba a salir de sus casas, vestían de blanco y llevaban banderas y pancartas. Al saludarse podía verse entre ellos una complicidad que saltaba como un malabarista de un lado al otro del circo. Se veían tan inocentes esos elefantes, pero uno aplastó a una niña como a una florecita de monte. Llevan lentes y gorras para el sol. Y con esa alegría de haber encontrado por fin el camino y a la gente decente, yo los veía llegando a la avenida y me sentía parte de ellos.

¡Vamos mi gente! que el gobierno cae porque cae ¿Quién se aguanta esto? ¡Tanta miseria y violencia! – Les grité desde la esquina mientras una nube se posaba sobre todos nosotros. Y entonces sentí como si un gran punto se colocara sobre la página.
¡Claro que si mi brother, resistencia! – Me respondió un muchacho con una máscara de gas, no sé por qué razón su voz me hizo recordar a Dark Rider. Pero no le di importancia, me tomé una fotografía con él porque con esa bandera colgada en la espalda y ese casco y esa mascara blanca, parecía que iba a salir volando sobre la policía y se los llevaría a todos hasta un volcán activo y la marcha seguiría su curso.
Ya la mañana había quedado atrás. Los viejitos y la gente bien vestida comenzaron a irse, y los que se quedaban tenía una cara distinta, las sonrisa se les había borrado, parecía que estaban confundidos, peleaban entre sí y caminaban a distintos lugares, como buscando la mejor salida de aquel hueco. También se podía ver como se elevaba en el horizonte el humo blanco de las bombas lacrimógenas. Poco a poco todo se iba quedando vacío, pero no era el humo… la gente se iba caminaba tranquilamente como si nada pasara, como si fuese normal, como si hubiese algún tipo de protocolo para aquella situación.

Yo no entendía, veníamos desde temprano escuchando a esos diputados decir que llegaríamos hasta el palacio de gobierno y el montón de cámaras iban grabando, decían que íbamos a hacer renunciar al hombre y hacíamos una algarabía de feria, y ahora la mayoría da media vuelta siguiendo a los mismos diputados y dejando a los encapuchados  en la avenida con un racimo de botellas que están dispuestos a lanzar como flores. Entonces ¡Pum! Sonó una molotov que estalló contra un carro. Una señora gritaba desde un edificio. Me dio cierta lastima, es decir, como está la cosa y ahora sin vehículo la pobre; a mí me costó muchísimo comprarme el mío ¡menos mal la gasolina sigue barata!

Yo vine para esta marcha porque quiero un mejor país, pero entre tanto humo blanco y negro ya no veo el cielo y comienzo a pensar en la última vez que voté y en mis hijos, y en el parque, y en las guacamayas. Desde abajo intenté calmar a la señora que comenzó a lanzar cosas desde el balcón y la gente pensó que yo la conocía. Entonces se me acercó el muchacho de la máscara de gas y traté de convencerlo de apagar el carro.

¡Infiltrado! – Gritó a todo pulmón. Este tipo me tomó una foto…
¡Es un chavista ladrón…debe morir! – Gritó otro mientras la señora que veía la cosa desde arriba, se escondía.
La gente venía hacia mí, yo comencé a caminar rápido, entonces empezaron a golpearme. Primero fueron sólo unos manotazos, luego sentí llegar a los encapuchados como si fuesen nubes grises y vinieron las patadas y ese chaparrón.

Yo no soy chavista, yo no soy chavista. – Les decía una y otra vez, pero al mismo tiempo pensé que aun si lo fuera no deberían hacerme eso, porque mi abuelo siempre votó por Chávez y yo no lo golpearía por esa vaina. Es decir, la cosa era llegar a Miraflores y exigir por la libertad y por el derecho a los dólares, porque yo quiero llevar a mis hijos a Orlando, que conozcan a Micky Mause. ¡Pero no! al final, tras la patada que me hizo caer al suelo, vi un cartel que decía Democracia y sentí un puyazo en el pulmón.
En el piso traté de levantarme, pero ya era tarde, noté que el costillal me sangraba y me di cuenta que uno de los encapuchados limpiaba un cuchillo con la bandera. Estaba aterrado y comencé a gritar, pero fue como echarle leña al fuego. ¡Y Plaf! llegó la gasolina. Recuerdo que cuando me encendieron me pregunté ¿de qué partido será el fuego? Y al correr recordé a la estatua y a la libertad, y a la antorcha. Y cuando ya no sentí nada el cielo seguía azul.

Por David Gómez Rodríguez

@davidgomez_rp

 

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