domingo , septiembre 22 2019
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Luis Ignacio Cárdenas: graffitero de la desobediencia

 

La poesía es el acierto de los elementos que componen la estructura verbal, en el movimiento escritural, el temperamento y la sensibilidad es la naturaleza reflejo del instinto.

Más allá de los conceptos generales, las palabras conmueven el estilo. Luis Ignacio Cárdenas es descriptivista; la poesía cuando la señalamos se vuelve enemiga. Hay que tratar con respeto a la palabra para que sus garras poderosas no nos asalten. Un bosquejo pronuncia un cuadrante interpretativo hasta que su poema llega a nosotros de una forma sencilla, la sencillez poética no es adivinable. Su poemática traza no sin exceder al complejo barroco que cultivaron los poetas de otras esferas epocales. Su alto voltaje imaginífico alimenta la faena del asombro. En mi caso, que soy un lector empedernido divagando en las ensoñaciones, podemos nosotros como muchos enemigos del verbo, calmar la enemistad que generan las contradicciones, la vastedad del lenguaje, el lugar, la vaguedad, los suburbios de Willian Faulkner generando sus primeros signos de luz.

Arañarse con las sombras de la ciudad es el alma sedienta de la poesía, no develar, intuir, mañana entre los vendedores de cigarrillos de las esquinas, Luis Ignacio Cárdenas nos dice, hay que cantar los derroteros en lo subterráneo de la ciudad y la vanagloria de una calle donde nadie se atreve a descifrarla. Allí el poeta con el aliento de las grandes amarguras; detrás de sus poemas habita un tormento, dos caracoles, tres peces, su corazón es pandillero como los del movimiento infrarealista de México.

Luis Ignacio Cárdenas nos presenta una personalidad como esa imagen de un graffitero pintando un mural escondiéndose de las autoridades y luego de pasar el callejón enciende un cigarrillo para abrir un libro de poesía y ponerse a leer meditando, interrogándose, abriendo cortinas dentro de su imaginación. Y desde lejos, contemplar el graffiti del Ché cortando cañas en la isla de Cuba.

Luis Ignacio Cárdenas puede tener una tertulia amena con Juan Calzadilla sobre la urbe escandalosa y los graffitis que abundan en nuestro continente.

Su poética es visceralmente revuelos metropolitanos. La cotidianidad lo verbaliza como Jame Joyce obstinándose de Dublín. No estoy conforme con la reiteración poética de algunas palabras. Sé que se ufana en las profundas mescolanzas de las hostilidades que pasa a ser musicalizado, sin embargo, esa manera de insistir en un mundo donde todos caben la defiendo y me uno a su poética:

«el estúpido, el que insiste, el vago, al que le dicen flojo, el que habla solo

el que dice – ya voy llegando – cuando va saliendo

los de la canción de protesta, los que protestan sin la canción

el de la trova con lluvia, los de la mirada de chubasco, los de la libido errante

los de la comuna, los de la utopía urgente, el de la fe

los sospechosos de siempre

los de la corbata, los llorones de taguara, los imprecisos

y los de – yo no soy pájaro bobo pa’ estar calentando ni’ o –

los del sueldo mínimo, los del sueldo común múltiplo

los que se reparten los sueldos

los de cualquier maraña

También caben»

¿Será que la utopía urgente es contrariar la utopía de Tomas Moro con las prosas de Simón Rodríguez con su cabello estrafalario en tierras americanas? Hacer nuestra verdadera utopía criolla a través de la poesía como único combustible de rebeldía latinoamericana, Luis Ignacio Cárdenas contempla las fotos de Fidel Castro y dice sorbiendo el café, que si es posible construir desde nuestros padecimientos otra utopía.

Su poemática Ciudad, es extenso, y por dicho motivo citaré fragmentos de su obra. Rasgos de una taxonomía verbal se suman a la denuncia, un país cosmopolita sin frontera, donde todos podemos entrar sin excluir a nadie.

Desde la desesperanza se construye corazones con un pueblo más abierto a la utopía y más liberado de los prejuicios del sistema, estamos encadenados en la cercana amargura del capitalismo mundial, pero allí, su poética obra dilatando las continuidades de la rutina, en esa aparente localidad de una ciudad, romper con las líneas del moralismo segregador del otro ser humano hasta el punto de convertirlo en un oficio inservible y poco deseable.

«los solidarios, los tanto por tanto

y los de – Cuánto – cuánto –

los cultores, los artistas, los que no saben que es un artista

los artistas que deberían jubilarse temprano, los del semáforo

los artesanos, el de acento extraño»

Va caminando sus poemas con las manos en el bolsillo para recordar la militancia y la poética de Lydda Franco Farías, anota, se subleva el escritor.

«el del café, el que sabe hablar inglés, el que no usa las gracias

el que saluda en wayuu, el del calendario, el del amanecer

los nuevos pregoneros de la gravitación, los del sueño terrestre

el artista plástico, la costurera, los de la mano de seda

los de entre manualidades

el fotógrafo, los de ojo por ojo, el de los piojos

Caben también»

Sus palabras deslindan entre la ciudad y los detalles, pero no al collage sonámbulo de Cortáza0r, sino al suburbio, a las zonas donde ningún burgués es capaz de entrar por sus prejuicios, a donde está la gente que no habla como los eruditos, sino que hablan tal cual como la mayoría se expresa, sin tapujos, sin adornamiento. Este siglo hay que dejar atrás los catálogos de artes del boom hispanoamericano.

Su literatura tiene tarea, destruye los cánones ucevistas, los cánones burgueses de la generación de 1945 porque esa generación poética creció entre jazz y boleros, nosotros crecimos bajo la influencia de las gaitas marabinas, el tamunangue y la música grunge de Nirvana y Silverchair, la música combativa del punk (Vómito Adeco), vivimos nuevos escenarios políticos, somos generación postvietnam, nuevas formas de luchar contra este siglo XXI digitalizado, robotizado. Hegemonía contracultural.

El poeta actual está digamos que, entre la constante violencia que origina el capitalismo mundial, un sistema bajo la maquinaria de la muerte y de la guerra. Y no hay que reprochar su actitud de registro poético, de su taxonomía urbana, sino que el reproche es en contra de este sistema mundo que se adueña de las palabras del poeta para denunciarla y escupirla con poemas, tal como Victor Hugo expresó: «el cielo es un esputo de Dios», aquí poema significa caballero, banderas de EEUU incendiadas, Coca Cola no, Fuckin Trump, no soy tu siervo, no quiero ser otro del montón, esa poesía es pelea entre bandas de poetas contra sectas burocráticas, entre soñadores y la otredad del enemigo que no quiere asumir la hermandad como horizonte poético.

POR JOSÉ MIGUEL MÉNDEZ CRESPO

@josemiguelm87

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