lunes , octubre 26 2020
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#OPINIÓN / Soledad

Por Gustavo Antonio Rosendo Orozco, el poeta de La Vega

Tomo el título de una vieja canción para asumir el atrevimiento de hablar de la soledad, esa dama culta y de buenos modales que siempre halla un modo de colarse en nuestras vidas, incluso disfrazada de alguna compañía.


Para quienes disfrutamos de la soledad escribiendo a gusto nuestros sentires y pensares, la soledad es un aliado incuestionable, dado que la musa en su sagrada timidez, parece hallar placer al encontrarnos solos.


En mi caso es así, la soledad y la musa son hermanas gemelas que coquetean entre mis líneas y mis versos, para hacer de lo cotidiano, algo más llevadero, a veces por lo sublime y otras por lo perverso.


Pero he visto a la soledad moverse en los más disímiles escenarios, ahora la encontramos al borde de las camas de los pacientes afectados por la pandemia.


Alguien la llamó la enfermedad de la soledad, pues el aislamiento obligado del paciente crítico lo convierte en un ser solitario que ha de enfrentar la muerte con las únicas armas de su fuerza espiritual, fuerza que disminuye cuando sabes que afuera nadie te espera más que la soledad a la que creiste haberte acostumbrado, gracias a tus delirios de grandeza, soberbia y autosuficiencia.


Me imagino a esa dama culta sentada al borde de la cama, con una sonrisa irónica diciéndote de espacio, Hola soy tu soledad.


Hay otra soledad, que es peor aún, pues suele estar rodeada de mucha compañia. Su hermana gemela es la tecnología, sus víctimas son esos jóvenes de la última generación, que están tan adheridos a un teléfono o a una computadora como único vínculo con el mundo exterior. Jóvenes que sin darse cuenta han ido perdiendo su propia identidad y que sin conexión a la Web son poco menos que letra muerta.


Para comprobarlo, basta con ponerles un poco de conversación y notarán que pasados diez minutos habrán agotado su léxico y te habrán dicho marico o marica innumerables veces.


La otra soledad es la que yo llamó generacional, que ocupa ese espectro de los hijos que se fueron, de la pareja que no está, o que aún estando, simplemente le perdimos la conexión espiritual.

Es la soledad que llenan los amigos, algunos familiares no tan cercanos y la bien entendida tecnología, que a través de la Web, nos abraza con seres extraños que se atreven a usar su nombre verdadero y a expresar sus afectos en unas pocas líneas o en una nota de voz cómplice y hasta atrevida.


Desde mí soledad les envío un mar de bendiciones a propios y extraños, recomendándoles a un comodín para esos momentos de ocio solitario, busque en sus pertenencias algún libro, no importa si ya lo ha leído, de seguro hallará nuevos aprendizajes y al final de la jornada notará que la dama culta aún está allí con una sonrisa franca diciéndote Hola soy tu soledad…

Desde Barquisimeto

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