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Primavera 2012DA14

 

A Ciur

«Viene con un traje espacial cruzando el universo desde un planeta al que seguramente nombraríamos con números aunque sería más preciso hacerle música o pintarlo como a un duende a fuerza de acuarela. Es un jardín de flores fluorescentes que parecen nacidas de un crepúsculo barquisimetano. Nada de lo que diga puede describir a este fenómeno astronáutico. Su voz es como un agujero de luz que encuentra salida en un laberinto fabril: mi corazón». El hombre temblaba en medio de la madrugada al escribir estas palabras. Quizá fue el frio o el resplandor en la ventana lo que lo despertó.

«Nuevamente esos ojos tan brillantes cruzando la noche». Todas las agencias espaciales del planeta informaban sobre el impacto inminente, anunciaban el fin del mundo. Y como es costumbre entre los humanos, reinó el caos en las calles y en las iglesias se podía reconocer el miedo de siglos de civilización. Sin embargo, el hombre, que llegaba de la fábrica de telescopios, se quedó junto a la ventana mirando el cielo y regando un girasol que protege del invierno con el calor de sus manos.

«Tilitas como una estrella entre asteroides». Esa noche todos los amantes hicieron el amor, nadie estuvo en vela mirando las noticias sino recordando la sonrisa de aquel hombre junto a la ventana, y las viejecitas se quedaron rezando frente a sus altares y los niños dormían plácidamente y los jóvenes se escapaban hasta las terrazas para desnudarse bajo el cielo y acabar con el invierno en un beso; por fin la hipocresía se quedó muriendo de hipotermia y abandonada a las afueras de una estación de metro. Esa noche pudieron aflorar las esperanzas desde la carne de los amantes, casi como si la piel fuese una cascada a la que visitan dos bestias para lamerse los sexos y entrelazarse como las raíces de un árbol al que no alcanzó la muerte, tampoco los primeros meteoritos que cayeron a la tierra, así de antiguo es el amor… y hay que hacerles caso a los abuelos, pues, por algo muchos dicen que «más sabe el diablo por viejo que por diablo». Y esa madrugada el amor se graduó de sabio.

«Al entrar a la atmosfera terrestre se iluminó el cielo con un resplandor que cambiaba de violeta a dorado… lentamente». Despertaron los volcanes y quedó el cielo perforado entre un fuego exótico que ni los soldados de la segunda guerra mundial podrían reconocer, ni siquiera los hijos de Hiroshima y Nagasaki. Era un fuego que destellaba chispas de colores y que al tocar las cosas se quedaba flameando como la melena de un león, prendía sin extinguir siquiera un poco la vida. Se veían los árboles y las casa y hasta los perros arder sin que su piel se quemara.

El hombre había escrito por años sobre la posibilidad de encontrar bosques fuera de la tierra y los describió iluminados entre carbones encendidos y diamantes, con gentes a las que no parecía importarles el oro. Soñó incontables veces con sus labios de cuarzo, con sus ojos llenos de bruma lunar, con su cuerpo resplandeciente dentro de un traje espacial y con esas flores indescriptibles que había recogido en cientos de estrellas.

«Desnuda pareces Venus» Decía. Pero la mujer no era un planeta sino que parecía girar como una galaxia en medio del infinito. Alguien dijo que Dios era hombre, pero nadie había vivido el fin del mundo, sólo el génesis. Y así el final siempre es una ventana hacia otra historia: La dialéctica de la vida tomando incluso el infinito.

El 15 de febrero del 2013, en Chelyavinks la onda expansiva rompe todos los espejos de la ciudad. Hace años que el hombre que regaba aquel girasol hablaba del suceso, pero nadie creyó que impactaría el amor sobre el planeta sólo porque un obrero lo dijera. Quizá del otro lado del mundo sólo pudo sentirse un temblor o en una isla llegó una ola que terminó de llevárselo todo, dejando sólo el aire limpio y un horizonte tan plano que casi se puede caminar sobre él, como en una cuerda para malabaristas. Pero al sentir como la tierra se estremecía apretando los labios mientras un escalofrío le recorría todas las cordilleras, a la humanidad se le iluminó el corazón como un faro, en cada pecho parecía resplandecer un rubí que se inclinaba al sol y entonces comprendieron al obrero que cada noche después de cerrada la fábrica, tomaba un telescopio y miraba las estrellas buscando un tulipán, una orquídea o tan siquiera una cayena.

«En las estrellas siempre es primavera». La poesía tiene un poder profético, atómico y astronómico, pues al ver cómo aquel bólido cruzaba el cielo el hombre tomó el girasol y se fue corriendo directo al lugar del impacto para tratar de atajar con el cuerpo toda la fuerza del amanecer y así quedar como un grano de polen flotando en el especio, desnudo y dispuesto a la vida, como Bolívar en el Chimborazo.

«Al chocar aquella mujer sobre la tierra comenzaron a germinar jardines en medio de la nieve» y los biólogos no tuvieron más remedio que comenzar a reescribir todos sus libros mientras la mujer besaba al hombre que de a poco iba quitándole el traje de cosmonauta mientras colocaba entre los senos el girasol.

POR DAVID GÓMEZ RODRÍGUEZ

@davidgomez_rp

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